Puede parecer contradictorio, pero muchas veces el miedo no nace de la humildad, sino exactamente de lo contrario.
El miedo como forma sutil de arrogancia
Mario Alonso Puig lo expresa con claridad cuando afirma que:
“El miedo no está en la realidad, está en la interpretación que hacemos de ella.”
Cuando una persona se invalida, se bloquea o se repite que “no puede”, que “no es suficiente” o que “esto no es para ella”, en realidad está asumiendo algo muy concreto:
que su percepción es más importante que la realidad objetiva.
Porque implica creer que uno ya sabe cuál será el resultado, que el error es inaceptable o que el fallo define a la persona. Es una manera de ponerse en el centro del universo, donde todo gira alrededor del “yo” y de su imagen.
En escalada lo vemos constantemente:
Miedo a chapar aunque la caída sea segura.
Bloqueo antes de intentar un paso.
Abandono prematuro por miedo a “quedar mal”. No es prudencia. Es ego disfrazado de cautela.
Taoísmo: fluir en lugar de resistir
Desde la visión del Taoísmo, el miedo surge cuando nos oponemos al fluir natural de las cosas. El Tao enseña el principio del Wu Wei, la acción sin esfuerzo, la acción sin resistencia.
Cuando luchamos contra lo que está ocurriendo —el cansancio, el fallo, la inseguridad— generamos tensión. Y donde hay tensión, el miedo crece.
El escalador que progresa no es el que controla todo, sino el que acepta la incertidumbre, se adapta y fluye con el movimiento.
Como el agua, que no se enfrenta a la roca, sino que la rodea.
Budismo: el ego como raíz del sufrimiento
El budismo es aún más directo: el sufrimiento nace del apego.
Apego al resultado, a la imagen personal, al éxito o al reconocimiento.
En escalada, el apego suele adoptar estas formas:
Apego al grado
Apego a la comparación
Apego a “tener que hacerlo bien” Cuando fallamos, no duele el fallo en sí. Duele lo que ese fallo dice —o creemos que dice— sobre nosotros.
El budismo propone una salida clara: observar sin juzgar.
Subir, caer, aprender, repetir. Sin drama. Sin identidad.
Humildad real: el antídoto contra el miedo
La verdadera humildad no es infravalorarse.
Es comprender que uno está en proceso.
En escalada, como en la vida:
Nadie escala “mal”, solo está en una fase distinta.
El error no es un fracaso, es información.
El miedo no es un enemigo, es un mensaje. Cuando dejamos de defender el ego, el miedo pierde fuerza.
Cuando aceptamos no controlar todo, aparece la calma.
Y curiosamente, es ahí cuando mejor escalamos.
Lo que la roca nos recuerda
Cada vía es una conversación honesta con uno mismo.
Y cada movimiento fallado es una oportunidad de aprender, no de juzgarse.
Quizá por eso la escalada es una herramienta tan poderosa de autoconocimiento:
porque nos enfrenta, sin filtros, a nuestros miedos… y a nuestra arrogancia.
Y cuando los vemos con claridad, dejan de dominarnos.